diumenge, 15 d’abril del 2012

Un comentario sobre el lamento de Vargas Llosa por la banalización de la cultura

Mario Vargas Llosa acaba de publicar un ensayo, que lleva por título La civilización del espectáculo, en el que reflexiona sobre la creciente reducción de la cultura a entretenimiento. En una larga entrevista ("casi un nuevo libro", dice con humor) concedida desde Lima al diario EL PAÍS por vía telefónica, aclara cuál es su postura al respecto y nos insta a movilizarnos para no dejar que esa tendencia acabe de una vez por todas con la alta cultura, aunque para los entusiastas de la corrección política sea de una arrogancia imperdonable hablar de estratos o niveles culturales. Cuando ya nadie sabe en qué consiste la cultura, cualquier cosa pasa por ser cultura. Por eso hace falta mantener viva la clase de los que sí saben qué es la alta cultura en las ciencias, las letras y las artes, cuáles son los cánones que nos ayudan a juzgar como bellos o feos un cuadro, una sinfonía y un monumento; como buenas o malas una poesía, una novela o una obra teatral; como útiles o inútiles un invento, una teoría o una moda; como meritorios o anodinos un deporte, una habilidad o una afición.

Los humanos hemos generado muchos productos e instituciones de cultura a lo largo de nuestra historia, pero no todas las actividades que desempeñamos son culturales; ni mucho menos. En cultura, no todo vale. O nos exponemos a echar a perder lo mejor que hemos creado. A pesar de su análisis, Vargas Llosa se manifiesta optimista respecto a nuestras posibilidades de revertir la tendencia. Del mismo modo que se ha adocenado la cultura predominante en los últimos tiempos, a causa de la terrible confusión imperante entre divulgación y vulgarización, se puede desandar el camino y mantener ambas maneras de tratar los contenidos culturales bien separadas.

La democratización del saber no significa que todo el mundo pueda acceder a las más altas cotas de la cultura, pero sí permite que los espíritus que sientan su llamada puedan intentarlo mucho mejor que nunca antes en la historia. Por desgracia, llegar a la cima para disfrutar con las obras de Mozart y Velázquez, de Dante y Borges, de Homero y Tchaikovsky o de Praxíteles y Miguel Ángel en todo su esplendor no depende sólo del talento, el gusto y el tesón; también la dotación de la bolsa importa lo suyo. Sin embargo, por los amplios estratos intermedios, hay muchos productos de calidad. Lo que hay que procurar es que no nos tomen el pelo vendiéndonos cualquier ocurrencia como si de un bien cultural se tratase.

A quien le guste la faceta ensayística de Mario Vargas Llosa, le recomiendo que haga como yo y se disponga a leer su última reflexión. ¡A pasarlo bien!