La civilización del espectáculo es un ensayo libre en el que el polígrafo
peruano se deja arrastrar por su necesidad de opinar sobre la situación actual
de la cultura en el mundo. No parece un escrito surgido de la meditación
profunda, sino más bien de las reflexiones de urgencia que le sugieren algunos
temas de rabiosa actualidad. Lo que ocurre es que cuando una pluma tan hábil se
pone al servicio de una mente que ha vivido tanto ─tantos años y tan
enriquecedoras experiencias─ el producto no tiene muchas
probabilidades de ser anodino. El libro se deja leer con agilidad y su autor evita
caer en la tentación de la erudición o el adoctrinamiento. Expresa sus
opiniones políticas y culturales con argumentos y sus gustos estéticos sin
ambages. Al lector le queda siempre la opción de compartir o no los segundos,
sin más, y de analizar los razonamientos que pretenden fundamentar las primeras
para poner a prueba su consistencia. Cuando, no sin ironía, dice que Woody
Allen es a Orson Welles en el cine lo que Andy Warhol a Gauguin o a Van Gogh en
la pintura (p. 29, ed. digital), uno puede asentir o disentir. No parece que el
cómico neoyorquino sea precisamente un intelectual para Vargas Llosa (presumo
que Woody Allen estaría de acuerdo con eso), pero se le puede replicar que, con
sus películas, el cineasta logra que muchos espectadores piensen con
profundidad en los hilarantes sinsentidos que amenizan nuestras vidas. Allen es
un artista, no un intelectual; se asemeja más bien a un caricaturista de tipos o
a un comediógrafo de la antigüedad clásica. Desde mi punto de vista, el
obsesivo e inteligente judío de Manhattan ha creado algunas de las grandes
películas de la historia del cine, guste o no a Vargas Llosa, que es a su vez un
novelista como pocos.
Las reflexiones
sobre la banalidad de la cultura le llevan a lamentarse del fin del erotismo a
manos de la pornografía, de la sustitución de la información por la chismografía
en el periodismo (p. 112), del descrédito de la política y sus oficiantes, los
políticos, expresado por la continua devaluación del servicio público, de la violación
de la legalidad que prolifera como un nuevo deporte por nuestras sociedades,
tal y como la piratería de todos los contenidos digitales pone de manifiesto:
música, juegos, programas informáticos, películas, libros… (p. 105). Habrá
quien piense que Vargas Llosa exagera y que no hay para tanto, puesto que quien
quiera seguir disfrutando civilizadamente del sexo, buscando información elaborada
en medios solventes, valorando la política y lo público, respetando la ley y,
en general, haciendo gala de la civilidad que tanto nos ha costado conquistar,
puede seguir haciéndolo. Cierto, pero las masas tienen un poder de arrastre
tremendo en los usos y costumbres sociales; y más aun cuando se rebelan
(orteguianamente). Si todo el espacio público se masifica y se democratiza al
completo la cultura, la alta cultura, tal y como se ha entendido hasta ahora,
es decir, como el producto más refinado de la civilización humana, se perderá
inexorablemente. O será confinada al desván de los trastos, junto el baúl de
los recuerdos. La alta cultura no sólo es terriblemente exigente, sino carísima
de desarrollar y mantener. Las artes plásticas, la literatura, el periodismo,
el cine, la moda; si estas manifestaciones culturales quieren ser verdaderamente
populares y rentables, entonces tienen que servir primordialmente para
entretener, para divertir, para agradar a todo el mundo. Si exigen esfuerzo,
formación previa, espíritu crítico, tiempo de dedicación y cuantiosas
inversiones de dinero, dejan de ser interesantes y se apartan a un lado, para
uso exclusivo de las minorías cultas que sí encuentran satisfacción en ocuparse
con ellas. Que hoy en día las minorías cultas no hayan crecido en la misma
proporción que lo ha hecho la instrucción pública general no debe ser achacado
tanto al elitismo propio de las sociedades humanas ─ciertamente oligárquicas─ como
a la pereza de la mayoría ante el esfuerzo intelectual o la disciplina en las
costumbres, única vía de acceso al dominio de los instrumentos que sirven para
navegar por los espacios siderales de la alta cultura. ¿Alguien cree que es
fácil valorar y apreciar el mérito en la ejecución de un solo de violín en un concierto de Mendelssohn? ¿Y aun más ser capaz de interpretarlo? ¿Acaso se puede leer sin
esfuerzo a Virgilio en su latín original? ¿O disfrutar con la Odisea, aunque sea
en nuestras modernas vernáculas?
Para que
esto sea posible, debe haber musicólogos y músicos, filólogos y traductores; y,
por supuesto, compositores y escritores. Parece indiscutible que, si nos
referimos a Schubert o Dante, se trata de alta cultura; pero no tan alta si
se trata de Lady Gaga y Dan Brown. Uno de los indicadores que permiten distinguirlos
─pero, ¡por Dios!, no el único─ es el esfuerzo previo que hay que haber
hecho para poder ponerse en situación de disfrutar con las obras que esos creadores ofrecen al
espectador o al intermediario cultural que se encarga de hacérnoslas llegar (el
intérprete, el traductor, los departamentos universitarios y la industria
cultural). Ir a visitar museos es tan fácil como visitar un parque temático, y mucho
más lustroso. Nunca tantas personas como hoy se lo habían podido permitir. Yo
no sé si el nobel de literatura está en lo cierto cuando dice que muchos de los
visitantes pisan las pinacotecas por esnobismo, por un puro yo estuve ahí. Lo ignoro, pero me temo
que más de uno que jamás ha dedicado un minuto a contemplar Las Meninas y se aburrió soberanamente en las audiciones de Rimski-Kórsakov en el instituto sí va
por imperativo turístico. Hay que evitar, al regreso, preguntas insidiosas como
ésta: “¿Has estado en París y no has visitado el Louvre?” o “No me lo puedo
creer, ¿de verdad te perdiste el estreno de Borís Godunov en el Royal Albert
Hall, habiendo ido a Londres en abril?”. Para un aficionado al arte y un
melómano, pueden ser visitas obligadas por su mero gusto estético; ahora bien,
para un viajero sin especiales aficiones artísticas no debe haber más
inclinación por ver esos sitios que Wembley o la Tour Eiffel. Sin embargo, parece que existe una cierta obligación social
de tener que estar en ellos.
Otro de
los controvertidos capítulos del ensayo es el dedicado a la religión. Vargas
Llosa, que se confiesa agnóstico, realza el papel clave de la religiosidad para
la vida espiritual de las personas, relacionando incluso la religión con la
esencia de la democracia. Una religiosidad universal practicada por quien quiera
hacerlo en estados laicos que respeten y acojan cualquier iglesia, cualquier confesión
o secta, con la única condición de que respete la ley. Esa es la idea de
laicismo que debería predominar en las democracias modernas, cosa que no
siempre ocurre, como se pudo ver en los casos escolares del crucifijo en
Baviera y del velo en Francia. Sendos artículos publicados a la sazón en la
prensa por Vargas Llosa ─artículos incluidos en el libro─ atestiguan
su posición al respecto. Según él (es una opinión que comparten muchos sociólogos), a la mayoría de los seres humanos no le basta con la cultura para reforzarse ante el abismo de la existencia y precisa, por tanto, de la religiosidad. O busca algo parecido en el entusiasmo que generan los ídolos del deporte y de la música pop.
Bien, se
puede estar de acuerdo o no en la tesis de Vargas Llosa sobre el papel clave de
las creencias religiosas en la vida de aquellas personas que son
manifiestamente incapaces ─bien sea por déficit de formación o por
inclinación voluntaria─ de desarrollarla a partir de otras manifestaciones
culturales como la literatura, el arte o la ciencia. Para esa mayoría de la
humanidad, la religión se identificaría con la espiritualidad. Como se puede
estar de acuerdo o no con su postura ante las nuevas tecnologías de la información
y la comunicación. Vargas Llosa ni siquiera tiene teléfono móvil y apenas
utiliza el de personas de su entorno. Desconozco si escribe sus textos en un ordenador (aunque apostaría que no) y parece
que a duras penas conoce los rudimentos de Internet. No es el único, entre los escritores consagrados, que se declara refractario al progreso tecnológico: véase Javier Marías, sin tener que ir más allá de Madrid. Y,
desde luego, ellos se lo pierden. Quizá todo esto les ha pillado con el paso
cambiado y no se sienten con ganas de aprender algo nuevo; aunque,
seguramente, tener a tu alrededor gente dispuesta a solventar sus carencias les debe
ayudar no un poco, sino un mucho, a simpatizar con los ludistas. El hecho de que confiesen que no irían por ahí saboteando o destruyendo los cacharros electrónicos que
simbolizan el progreso no desmiente que abominen del mundo digital. Las opiniones de Vargas Llosa sobre el libro electrónico, por ejemplo, son cuando menos
desinformadas. No sirve que se escude en los argumentos del ensayo de Nicholas
Carr, Superficiales. ¿Qué está haciendo
Internet con nuestras mentes?, puesto que éste lo escribió como terapia para
conjurar su adicción confesa a Internet; adicción que llegó a impedirle la concentración,
al cabo de los años, en la lectura convencional, la que exige atención dilatada en el tiempo y tensión espiritual. Mi admirado Vargas Llosa se limita
a ver Internet desde la barrera, con lo que evita los peligros manifiestos de
la red pero se pierde al tiempo sus enormes ventajas y las posibilidades que
confiere al usuario prudente. Precisamente he leído su ensayo en un libro electrónico y muy
a gusto, por cierto, lo que quizá encierre algo de sorna.
A pesar de
ello, no veo motivos en el ensayo para que Jorge Volpi se ensañe con él en un artículo periodístico de fondo ni para que Pilar Bonet y Pilar Rahola, dos Pilares de La
Vanguardia, hagan lo propio en sus respectivas columnas. Volpi carga contra la supuesta
pretensión de Vargas Llosa de erigirse en gurú intelectual del orbe y lo acusa
de lamentarse por su perdida de influencia. Por otro lado, el tono agresivo del escritor mexicano no se corresponde con la mención cordial que Vargas hace de él en un capítulo del ensayo, a pesar de su desacuerdo respecto al futuro de los libros. Estoy persuadido de que el intelectual hispanoperuano, junto a otros muchos escritores y pensadores, es una referencia cultural indiscutible, pero no creo que su influencia sea impuesta o forzada de manera
que se convierta en una suerte de dirigismo. En cambio, sí creo que algunos
personajes, al igual que él mismo, se han ganado con sus publicaciones y su actitud la auctoritas que puede servir a muchos otros de guía y orientación en
su periplo por la vida. Nuestra autonomía crítica ─si somos tan afortunados
como para haberla construido─ nos blinda, o al menos nos protege, ante la
manipulación y el lavado de cerebro que a menudo llevan a cabo gurús de medio
pelo. Sin embargo, no deja de ser curioso que la mayor parte de los artículos
que he leído en la prensa sobre el libro que nos ocupa emitan juicios
negativos. Quizá sea porque los contraopinantes se sienten aludidos, no lo sé. O quizá sea por los prejuicios ideológicos que obnubilan la sindéresis de la mayoría. "Dado que Vargas Llosa es un liberal consumado (de derechas, dirá todavía algún incauto), yo, que soy progresista (de izquierdas, según el mismo incauto), debo estar enfrente." Por lo que a mí respecta, y como suelo hacer con los escritos de autores que respeto, reflexiono
sobre lo que me propone Vargas Llosa, lo discuto y decido si lo incorporo a mi acervo o no.
Pero, esté de acuerdo con sus ideas y opiniones o no lo esté, habrán servido de
piedra de toque en la construcción de
mis propias opiniones y convicciones. Además de lo que uno siempre disfruta leyendo sus libros. Sólo por eso, le debemos gratitud eterna.
La cuestión
es sencilla: léanlo, repiénsenlo y opinen libremente sobre él.
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