dimecres, 2 de maig del 2012

Mario VARGAS LLOSA, La civilización del espectáculo. Una crítica


La civilización del espectáculo es un ensayo libre en el que el polígrafo peruano se deja arrastrar por su necesidad de opinar sobre la situación actual de la cultura en el mundo. No parece un escrito surgido de la meditación profunda, sino más bien de las reflexiones de urgencia que le sugieren algunos temas de rabiosa actualidad. Lo que ocurre es que cuando una pluma tan hábil se pone al servicio de una mente que ha vivido tanto tantos años y tan enriquecedoras experiencias el producto no tiene muchas probabilidades de ser anodino. El libro se deja leer con agilidad y su autor evita caer en la tentación de la erudición o el adoctrinamiento. Expresa sus opiniones políticas y culturales con argumentos y sus gustos estéticos sin ambages. Al lector le queda siempre la opción de compartir o no los segundos, sin más, y de analizar los razonamientos que pretenden fundamentar las primeras para poner a prueba su consistencia. Cuando, no sin ironía, dice que Woody Allen es a Orson Welles en el cine lo que Andy Warhol a Gauguin o a Van Gogh en la pintura (p. 29, ed. digital), uno puede asentir o disentir. No parece que el cómico neoyorquino sea precisamente un intelectual para Vargas Llosa (presumo que Woody Allen estaría de acuerdo con eso), pero se le puede replicar que, con sus películas, el cineasta logra que muchos espectadores piensen con profundidad en los hilarantes sinsentidos que amenizan nuestras vidas. Allen es un artista, no un intelectual; se asemeja más bien a un caricaturista de tipos o a un comediógrafo de la antigüedad clásica. Desde mi punto de vista, el obsesivo e inteligente judío de Manhattan ha creado algunas de las grandes películas de la historia del cine, guste o no a Vargas Llosa, que es a su vez un novelista como pocos.
Las reflexiones sobre la banalidad de la cultura le llevan a lamentarse del fin del erotismo a manos de la pornografía, de la sustitución de la información por la chismografía en el periodismo (p. 112), del descrédito de la política y sus oficiantes, los políticos, expresado por la continua devaluación del servicio público, de la violación de la legalidad que prolifera como un nuevo deporte por nuestras sociedades, tal y como la piratería de todos los contenidos digitales pone de manifiesto: música, juegos, programas informáticos, películas, libros… (p. 105). Habrá quien piense que Vargas Llosa exagera y que no hay para tanto, puesto que quien quiera seguir disfrutando civilizadamente del sexo, buscando información elaborada en medios solventes, valorando la política y lo público, respetando la ley y, en general, haciendo gala de la civilidad que tanto nos ha costado conquistar, puede seguir haciéndolo. Cierto, pero las masas tienen un poder de arrastre tremendo en los usos y costumbres sociales; y más aun cuando se rebelan (orteguianamente). Si todo el espacio público se masifica y se democratiza al completo la cultura, la alta cultura, tal y como se ha entendido hasta ahora, es decir, como el producto más refinado de la civilización humana, se perderá inexorablemente. O será confinada al desván de los trastos, junto el baúl de los recuerdos. La alta cultura no sólo es terriblemente exigente, sino carísima de desarrollar y mantener. Las artes plásticas, la literatura, el periodismo, el cine, la moda; si estas manifestaciones culturales quieren ser verdaderamente populares y rentables, entonces tienen que servir primordialmente para entretener, para divertir, para agradar a todo el mundo. Si exigen esfuerzo, formación previa, espíritu crítico, tiempo de dedicación y cuantiosas inversiones de dinero, dejan de ser interesantes y se apartan a un lado, para uso exclusivo de las minorías cultas que sí encuentran satisfacción en ocuparse con ellas. Que hoy en día las minorías cultas no hayan crecido en la misma proporción que lo ha hecho la instrucción pública general no debe ser achacado tanto al elitismo propio de las sociedades humanas ciertamente oligárquicas como a la pereza de la mayoría ante el esfuerzo intelectual o la disciplina en las costumbres, única vía de acceso al dominio de los instrumentos que sirven para navegar por los espacios siderales de la alta cultura. ¿Alguien cree que es fácil valorar y apreciar el mérito en la ejecución de un solo de violín en un concierto de Mendelssohn? ¿Y aun más ser capaz de interpretarlo? ¿Acaso se puede leer sin esfuerzo a Virgilio en su latín original? ¿O disfrutar con la Odisea, aunque sea en nuestras modernas vernáculas?
Para que esto sea posible, debe haber musicólogos y músicos, filólogos y traductores; y, por supuesto, compositores y escritores. Parece indiscutible que, si nos referimos a Schubert o Dante, se trata de alta cultura; pero no tan alta si se trata de Lady Gaga y Dan Brown. Uno de los indicadores que permiten distinguirlos pero, ¡por Dios!, no el único es el esfuerzo previo que hay que haber hecho para poder ponerse en situación de disfrutar con las obras que esos creadores ofrecen al espectador o al intermediario cultural que se encarga de hacérnoslas llegar (el intérprete, el traductor, los departamentos universitarios y la industria cultural). Ir a visitar museos es tan fácil como visitar un parque temático, y mucho más lustroso. Nunca tantas personas como hoy se lo habían podido permitir. Yo no sé si el nobel de literatura está en lo cierto cuando dice que muchos de los visitantes pisan las pinacotecas por esnobismo, por un puro yo estuve ahí. Lo ignoro, pero me temo que más de uno que jamás ha dedicado un minuto a contemplar Las Meninas y se aburrió soberanamente en las audiciones de Rimski-Kórsakov en el instituto sí va por imperativo turístico. Hay que evitar, al regreso, preguntas insidiosas como ésta: “¿Has estado en París y no has visitado el Louvre?” o “No me lo puedo creer, ¿de verdad te perdiste el estreno de Borís Godunov en el Royal Albert Hall, habiendo ido a Londres en abril?”. Para un aficionado al arte y un melómano, pueden ser visitas obligadas por su mero gusto estético; ahora bien, para un viajero sin especiales aficiones artísticas no debe haber más inclinación por ver esos sitios que Wembley o la Tour Eiffel. Sin embargo, parece que existe una cierta obligación social de tener que estar en ellos.
Otro de los controvertidos capítulos del ensayo es el dedicado a la religión. Vargas Llosa, que se confiesa agnóstico, realza el papel clave de la religiosidad para la vida espiritual de las personas, relacionando incluso la religión con la esencia de la democracia. Una religiosidad universal practicada por quien quiera hacerlo en estados laicos que respeten y acojan cualquier iglesia, cualquier confesión o secta, con la única condición de que respete la ley. Esa es la idea de laicismo que debería predominar en las democracias modernas, cosa que no siempre ocurre, como se pudo ver en los casos escolares del crucifijo en Baviera y del velo en Francia. Sendos artículos publicados a la sazón en la prensa por Vargas Llosa artículos incluidos en el libro atestiguan su posición al respecto. Según él (es una opinión que comparten muchos sociólogos), a la mayoría de los seres humanos no le basta con la cultura para reforzarse ante el abismo de la existencia y precisa, por tanto, de la religiosidad. O busca algo parecido en el entusiasmo que generan los ídolos del deporte y de la música pop.
Bien, se puede estar de acuerdo o no en la tesis de Vargas Llosa sobre el papel clave de las creencias religiosas en la vida de aquellas personas que son manifiestamente incapaces bien sea por déficit de formación o por inclinación voluntaria de desarrollarla a partir de otras manifestaciones culturales como la literatura, el arte o la ciencia. Para esa mayoría de la humanidad, la religión se identificaría con la espiritualidad. Como se puede estar de acuerdo o no con su postura ante las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Vargas Llosa ni siquiera tiene teléfono móvil y apenas utiliza el de personas de su entorno. Desconozco si escribe sus textos en un ordenador (aunque apostaría que no) y parece que a duras penas conoce los rudimentos de Internet. No es el único, entre los escritores consagrados, que se declara refractario al progreso tecnológico: véase Javier Marías, sin tener que ir más allá de Madrid. Y, desde luego, ellos se lo pierden. Quizá todo esto les ha pillado con el paso cambiado y no se sienten con ganas de aprender algo nuevo; aunque, seguramente, tener a tu alrededor gente dispuesta a solventar sus carencias les debe ayudar no un poco, sino un mucho, a simpatizar con los ludistas. El hecho de que confiesen que no irían por ahí saboteando o destruyendo los cacharros electrónicos que simbolizan el progreso no desmiente que abominen del mundo digital. Las opiniones de Vargas Llosa sobre el libro electrónico, por ejemplo, son cuando menos desinformadas. No sirve que se escude en los argumentos del ensayo de Nicholas Carr, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?, puesto que éste lo escribió como terapia para conjurar su adicción confesa a Internet; adicción que llegó a impedirle la concentración, al cabo de los años, en la lectura convencional, la que exige atención dilatada en el tiempo y tensión espiritual. Mi admirado Vargas Llosa se limita a ver Internet desde la barrera, con lo que evita los peligros manifiestos de la red pero se pierde al tiempo sus enormes ventajas y las posibilidades que confiere al usuario prudente. Precisamente he leído su ensayo en un libro electrónico y muy a gusto, por cierto, lo que quizá encierre algo de sorna.
A pesar de ello, no veo motivos en el ensayo para que Jorge Volpi se ensañe con él en un artículo periodístico de fondo ni para que Pilar Bonet y Pilar Rahola, dos Pilares de La Vanguardia, hagan lo propio en sus respectivas columnas. Volpi carga contra la supuesta pretensión de Vargas Llosa de erigirse en gurú intelectual del orbe y lo acusa de lamentarse por su perdida de influencia. Por otro lado, el tono agresivo del escritor mexicano no se corresponde con la mención cordial que Vargas hace de él en un capítulo del ensayo, a pesar de su desacuerdo respecto al futuro de los libros. Estoy persuadido de que el intelectual hispanoperuano, junto a otros muchos escritores y pensadores, es una referencia cultural indiscutible, pero no creo que su influencia sea impuesta o forzada de manera que se convierta en una suerte de dirigismo. En cambio, sí creo que algunos personajes, al igual que él mismo, se han ganado con sus publicaciones y su actitud la auctoritas que puede servir a muchos otros de guía y orientación en su periplo por la vida. Nuestra autonomía crítica si somos tan afortunados como para haberla construido nos blinda, o al menos nos protege, ante la manipulación y el lavado de cerebro que a menudo llevan a cabo gurús de medio pelo. Sin embargo, no deja de ser curioso que la mayor parte de los artículos que he leído en la prensa sobre el libro que nos ocupa emitan juicios negativos. Quizá sea porque los contraopinantes se sienten aludidos, no lo sé. O quizá sea por los prejuicios ideológicos que obnubilan la sindéresis de la mayoría. "Dado que Vargas Llosa es un liberal consumado (de derechas, dirá todavía algún incauto), yo, que soy progresista (de izquierdas, según el mismo incauto), debo estar enfrente." Por lo que a mí respecta, y como suelo hacer con los escritos de autores que respeto, reflexiono sobre lo que me propone Vargas Llosa, lo discuto y decido si lo incorporo a mi acervo o no. Pero, esté de acuerdo con sus ideas y opiniones o no lo esté, habrán servido de piedra de toque en la construcción de mis propias opiniones y convicciones. Además de lo que uno siempre disfruta leyendo sus libros. Sólo por eso, le debemos gratitud eterna.
La cuestión es sencilla: léanlo, repiénsenlo y opinen libremente sobre él.

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