dijous, 25 de juliol del 2013

El inverosímil pero cierto viaje de la Dra. Khí-cuadrado

Entré a colaborar como becario en la Facultad de Medicina de Málaga en 2007 y permanecí allí por espacio de tres años mientras investigaba la plasticidad de las redes neuronales en los procesos cognitivos, el tema que trataba en mi tesis doctoral. Durante unos meses del segundo año, a causa de la metodología estadística que se había hecho precisa para manejar los torrentes de datos que arrojaban los resultados de mi investigación, tuve que frecuentar el departamento de Bioestadística que, entonces como ahora, se hallaba bajo la batuta de la Dra. Khí-cuadrado. Es reconocida en todo el mundo la calidad del trabajo de investigación y asesoramiento que allí se lleva a cabo, además de cumplir con creces con su cometido docente. Bueno, he dicho que la Dra. Khí-cuadrado llevaba y lleva el departamento, pero la verdad es que no me atrevería a afirmar ante un juez y bajo juramento que la profesora que hay ahora sea exactamente la misma persona que conocí cuando llegué, aunque ciertamente se le parece como una molécula de agua a otra. (Me gusta esta comparación desde que descubrí que en el universo no hay dos moléculas de H2O idénticas: y no sólo porque sean materialmente distintos los átomos que las forman, sino por el siempre distinto ángulo que describen los puentes de unión entre los dos átomos de hidrógeno y el de oxígeno en las tres dimensiones del espacio euclidiano. Hay infinitas posibilidades y, por tanto, incontables moléculas distintas. Para que sigamos diciendo, sin que nos tiemble la voz, que dos personas se parecen entre sí “como dos gotas de agua”. ¡Con la cantidad de moléculas diferentes entre sí que componen una sola gota de agua!).
A pesar de estar investigando en la especialidad de neurocirugía y de no ser especialmente ducho en matemáticas, mi acogida en el departamento fue muy buena y me sorprendió bastante que pudieran llevar a cabo su trabajo con tanta eficiencia, teniendo en cuenta los limitados recursos humanos y materiales con que contaban ─eso lo descubriría yo muy pronto porque en seguida tuve que echarles una mano. También me llamó la atención el carácter simpático y alegre de los dos estadísticos; siempre había pensado que los matemáticos eran gente ensimismada y arisca. Lo que encajaba como un guante en el tópico era el despiste que llevaba la jefa en lo alto. Cuando se concentraba a fondo en algo, diríase que el mundo desaparecía a su alrededor. Era capaz de aislarse de cualquier cosa, por importante que fuera. Se decía que en una ocasión había permanecido en el asiento del tren que la llevaba a Barcelona hasta llegar a París ─sin notar que el viaje se alargaba en demasía ni darse cuenta de que estaba atravesando toda Francia. También se contaba que había dejado olvidados tabletas, ordenadores y teléfonos móviles en los aeropuertos de medio mundo. A mí, la anécdota que más me fascinó fue la que cuenta que en una ocasión cenó sola en un restaurante donde se había citado porque se confundió con el establecimiento contiguo. Por supuesto, ella estaba convencida de que estaba en el sitio adecuado y el hecho de que en la carta constara otro nombre era debido a que el restaurante debía haberlo cambiado recientemente. Eso habría impedido a su compañero de cena encontrar el lugar y reunirse con ella (imagino que eso ocurriría antes de la era de los móviles, que es muchísimo más reciente de lo que pudiera parecer). Uno puede suponer que habrá mucha mitología en esas historias e incluso alguna que otra exageración, pero desde luego yo le vi hacer cosas rarísimas cuando estaba ensimismada.
Cuando yo me incorporé a la sección, la Dra. Khí-cuadrado estaba metida de lleno en una investigación terriblemente absorbente de la que nadie parecía saber mucho. Se pasaba hora tras hora, día tras día encerrada en su despacho, de donde sólo salía para dictar sus clases y, ya muy tarde por la noche, para marcharse a casa. Cuando alguna vez le pregunte de qué se trataba me contestaba con un ‘nada importante’ o ‘algo revolucionario’, según la fase creativa en que se encontrara. Una mañana, cuando llegué al departamento a eso de las 8.00, me sorprendió encontrar la puerta entornada y las luces encendidas. Parecía que no había nadie dentro, pero tuve la extraña sensación de que sí había alguien. Llamé en voz alta a la Dra. Khí-cuadrado y después al Dr. Figures, su compañero de departamento, pero nadie respondió a mi llamada. Miré en todos y cada uno de los despachos y salas, también en los baños; definitivamente, ahí no había nadie. Al poco, llegó el Dr. Figures ─cuya presencia me alivió─ y le conté lo sucedido. Se mostró sorprendido e intrigado y nos dirigimos juntos al despacho de la Dra. Khí-cuadrado. Estaba todo como si ella siguiera estando allí, trabajando, solo que no estaba. La luz del flexo iluminaba la mesa de trabajo, el calefactor estaba en marcha; el ordenador portátil, conectado a la pantalla grande de sobremesa y sus cosas permanecían esparcidas por la superficie de las dos mesas como acostumbraba a tenerlas cuando estaba trabajando. Diríase que sólo había pasado un mínimo lapso de tiempo desde que había salido ─o, mejor dicho, desaparecido de su puesto. Ni siquiera había entrado en reposo todavía la pantalla del ordenador, como de hecho sí hizo al cabo de unos minutos. Coincidimos los dos en que no podía haber salido por la puerta ya que, de haberlo hecho, habría tropezado con nosotros. Tenía que haberse desvanecido o volatilizado… y eso era a todas luces imposible. En consecuencia, nos quedamos perplejos y sin saber qué decir ni qué pensar.
El Dr. Figures reanimó el ordenador y pudimos ver en pantalla lo que había estado haciendo hasta escasos instantes antes de llegar nosotros. Albergábamos la esperanza de que eso arrojara alguna luz sobre su desaparición súbita. Había estado programando en SPSS. Una larguísima ristra de complejas instrucciones que incluso al Dr. Figures le estaba costando seguir. Por momentos, se le iluminaba la cara como si viera el sentido de todo aquel galimatías, pero al rato se ensombrecía de nuevo y se desesperaba. Finalmente, se dio por vencido. Se dio cuenta de que la Dra. Khí-cuadrado había desarrollado el programa mucho más allá de lo que sus diseñadores hubieran podido prever y le había añadido líneas de código que instruían nuevos e impensados algoritmos. ¿Con qué propósito? Era honesto admitir que no teníamos ni idea. Fuera lo que fuera lo que estaba desarrollando la Dra. Khí-cuadrado, se trataba de algo revolucionario. Pero no sospechábamos hasta qué punto.
Decidimos no decir nada y dejar que pasaran un cierto lapso de tiempo por si se tratara de una falsa alarma. Seguramente, la Dra. Khí-cuadrado acudiría más pronto que tarde a su despacho, del que debió salir precipitadamente por alguna urgencia fisiológica o por el cansancio acumulado después de una larga noche en vela. Su proverbial despiste explicaría que no hubiera cerrado el ordenador, las luces y, en fin, la puerta del departamento. Pero no se presentó en toda la mañana, ni tampoco por la tarde. El Dr. Figures le llamó al móvil y después incluso a casa, donde por aquél entonces vivía sola después de su divorcio. Nada. Cuando, al día siguiente a la desaparición, la Dra. Khí-cuadrado tampoco se presentó el Dr. Figures decidió dar cuenta a las autoridades de la universidad y éstas, que saben que no hay que hacerse el remolón cuando se trata de la integridad de los empleados de la institución, pusieron inmediatamente el caso en manos de la policía. Una hija de la Dra. Khí-cuadrado se extrañó de la búsqueda, puesto que habían tenido noticias suyas por la mañana a través del correo electrónico. A primera vista, su email era rutinario y no daba que pensar. El resto de la familia tampoco sospechó nada puesto que no acostumbraban a establecer contacto diario con ella. Que estuviera unos días sin dar señales de vida era corriente y lo esperable de una persona autónoma y con una vida plena de quehaceres y distracciones: el trabajo, la investigación, los amigos, el gimnasio, el despiste… Todo eso ocupa mucho tiempo y ninguna de esas instancias se alarma cuando no se ocupa de ella por unas horas o unos días.
Ante la intranquilidad generada por las indagaciones policiales y de la propia universidad, uno de los hijos decidió contactar con su madre. No lo consiguió por teléfono, así que le mandó un email esperando que lo viese y se lo contestara. Pasó el día y no hubo respuesta, hasta que de madrugada recibió un correo en el que le decía que estaba en Boston, Massachusetts (EE.UU.) colaborando en el Departamento de Investigación Láser del Massachusetts General Hospital (MGH), como venía haciendo con frecuencia cuatrianual desde seis años atrás. Lo sorprendente fue que le dijera que se había incorporado el día anterior a primera hora de la mañana. Aquello desconcertó al hijo hasta el punto que llamó al Dr. Figures para contrastar la información. ¿No se la echaba en falta precisamente desde ese mismo momento en la Facultad de Medicina de la UMA? Nadie tenía constancia de un viaje de la Dra. Khí-cuadrado a Boston en esas fechas, aunque era normal que los hiciera varias veces al año en razón de sus colaboraciones con el mencionado departamento. Mientras, los inspectores que llevaban el caso habían comprobado que nadie con el nombre de Dra. Khí-cuadrado constaba en ninguna lista de embarque de ninguna compañía aérea. No había podido coger en ningún aeropuerto español un vuelo interior ni uno al extranjero. Definitivamente, no podía estar en América el mismo día que desapareció de Málaga sin haber volado. Y no había volado o, por lo menos, no había pasado ninguna aduana ni control policial español ni estadounidense. Tampoco se nos ocurría cómo podía haber ido más rápidamente a los EE.UU que a bordo de un avión.
Cuando consiguieron hablar con ella por teléfono, se dieron cuenta de que sin duda estaba en Boston, en el despacho del Manager del MGH, a dónde afirmó haber llegado por una vía alternativa que no podía contar por teléfono. A su vuelta lo explicaría debidamente. Dado que no tenía ningún permiso para ausentarse de la universidad, la Rectora le advirtió que debía volver inmediatamente e incorporarse a sus funciones salvo que una fuerza mayor se lo impidiera. La cosa se había ido complicando a medida que pasaban las horas y amenazaba con originar un conflicto diplomático. El Departamento de Inmigración de los EE.UU. no se anda con chiquitas cuando se trata de una violación de sus fronteras. Sólo faltaría que ahora se descubriera una forma extraordinaria e indetectable de penetrar en territorio americano, como si no tuvieran bastante con los espaldas mojadas de Río Grande, los balseros del Caribe, los cargueros chinos de contenedores y el resto de vías ordinarias. Por su parte, las autoridades aeroportuarias y policiales de ambos países no se explicaban qué había podido fallar. Unos recelaban de los otros y los otros de los unos, puesto que nadie está dispuesto de suyo a reconocer las deficiencias del sistema ni a aceptar un error de procedimiento o una negligencia. Lo que estaba claro es que se trataba de un asunto muy grave que podía acarrear consecuencias no deseadas por ninguno de los gobiernos.
A las dos del mediodía del segundo día, contando desde la misteriosa desaparición, y al cabo de unos minutos de haber hablado por teléfono desde Boston con la Rectora, vimos salir a la Dra. Khí-cuadrado de su despacho en el Departamento de Bioestadística de la UMA luciendo su mejor sonrisa. Tan fresca como una rosa. Si aquello no era brujería, se le parecía bastante. ¿Cómo lo había conseguido? Eso es lo que había venido a contar al mundo desde Teatinos.
Pero lo primero era aclararlo todo con las autoridades de la Universidad de Málaga desplazadas a la Facultad de Medicina urgentemente. Tras escuchar con atención las explicaciones de la profesora de estadística y valorar con sumo cuidado la situación, la Junta de Gobierno de la UMA puso su gabinete jurídico a disposición de la Dra. Khí-cuadrado para que la representaran ante los tribunales por las posibles demandas del Ministerio del Interior, la Interpol y las autoridades del Departamento de Inmigración de los EUA. Por un lado, la UMA era consciente de que se había convertido en el foco de atención de los medios de comunicación de todo el mundo, lo cual podía ser bueno o malo en función del resultado de todo el asunto; por el otro, una reputada y eficiente empleada de la institución estaba en un brete y la universidad tenía la obligación de darle todo su apoyo. Eso sólo podía ser visto por el mundo mundial que permanecía a la expectativa como un acto de reconocimiento, confianza y gratitud. Aunque pudiera pensarse que lo más fácil sería desentenderse, por si acaso, nadie sabía con certeza cuál era la mejor opción. Sin embargo, no fue ése el planteamiento de la Junta. Se basaron más bien en la estricta racionalidad de las inverosímiles explicaciones de la Dra. Khí-cuadrado.
Por esta razón ─que la UMA había lúcidamente anticipado─, cuando la Dra. Khí-cuadrado ─en una conferencia de prensa que casi exigía la terrible presión de los grandes medios de comunicación─ dio cuenta del experimento en virtud del cual había viajado a través del Atlántico en un instante, a ninguna institución privada o pública, a ningún gobierno nacional o extranjero y a ningún particular de aquí o de allá le pareció oportuno interponer demanda alguna. Si llegara a confirmarse dicho experimento, ése sería sin duda el mayor avance de la ciencia por lo menos desde que fueran enunciadas la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Y mejor que se confirmara porque, si era desmentido, la Dra. Khí-cuadrado se revelaría como una maga, lo cual sería todavía más difícil de entender que la más abstrusa de las explicaciones científicas.
En esencia y omitiendo los largos desarrollos de programación matemática, lo que contó la Dra. Khí-cuadrado fue lo siguiente:
“La línea de investigación que he seguido se basaba en algunas ideas bien conocidas:
1.      La correlación metafísica entre las matemáticas y la realidad física que teorizaron los pitagóricos veintiséis siglos atrás. Una correlación que Descartes y Galileo empezaron a formular en el siglo XVII de nuestra era dando vida al mecanicismo de la Nueva Ciencia. No obstante, a pesar de lo mucho que han avanzado la física y las matemáticas desde entonces, todavía es largo el camino que nos queda por recorrer. No me atrevería a segmentar el proceso de avance pero, si tuviera que pronunciarme, apostaría a que no hemos recorrido ni una milésima parte del camino que hay que hacer para conocer los misterios de la naturaleza hasta el punto en que las matemáticas lo pueden permitir.
2.      La teoría especial de la relatividad, enunciada por Einstein en 1906. Esta bien conocida y no tan bien entendida teoría propone, entre otros postulados, que el espacio-tiempo no es un sistema de referencia absoluto, sino sólo relativo a la velocidad de la luz. La única constante universal y, en consecuencia, no sujeta a relatividad, es la velocidad que alcanza la luz en el vacío, que no es otra que la máxima velocidad que puede alcanzar cualquier móvil. Si pudiera irse más rápidamente, el rayo de luz lo haría sin duda. Variaría el guarismo que indica el valor de la velocidad, pero no el hecho de que la inercia imposibilita a cualquier móvil acelerar más allá de un tope, un máximo absoluto, un techo de cristal.
3.      La hipótesis de los saltos cuánticos de los electrones, defendida por Niels Bohr en 1911, según la cual un electrón pasa de un nivel de energía atómico a otro sin transitar por el espacio intermedio. Todo el mundo sabe lo que significa saltar, pero a nadie se le escapa que, cuando algo o alguien salta, lo hace de un punto A a un punto G pasando por todos los puntos intermedios B, C, D, E y F. Lo revolucionario e incomprensible de la hipótesis de Bohr (aún no comprobada empíricamente entonces pero bien establecida como teoría hoy en día) es que se pueda ir de A a G sin pasar por ningún punto intermedio.
4.      El principio de incertidumbre para la física de partículas enunciado por Werner Heisenberg en 1927, en el marco teórico de la Mecánica cuántica, según el cual no es posible conocer a la vez y con precisión la posición y el momento de una partícula subatómica. La ilustración más famosa del principio es ‘El experimento del gato cuántico’, ideado por Erwin Schrödinger. En el famosísimo experimento, se invita idealmente a un gato a entrar en una caja que contiene una serie de objetos dispuestos de tal manera que la posible emisión aleatoria de radiactividad por una fuente desencadene el mecanismo que conlleva la muerte del gato por envenenamiento. Es ocioso explicar aquí como funciona el mecanismo, puesto que es harto trivial. Lo único importante es que, mientras la caja que contiene todos los elementos y el gato esté herméticamente cerrada y lo que ocurra en su interior sea, por tanto, absolutamente desconocido para nadie, entonces el gato estará vivo y muerto simultáneamente. Sólo el conocimiento de la realidad por un sujeto la decide a manifestarse de una u otra forma.
5.      La teoría matemática del caos enunciada por Ilya Prigogine en el siglo XX. Se basa en el Principio de Incertidumbre y ha sido desarrollada desde entonces por numerosos matemáticos. Esta teoría considera el azar el verdadero factor clave en el desarrollo de la realidad. Dadas idénticas condiciones iniciales en un sistema de partículas en un momento t, no puede saberse cuál será el estado subsiguiente en el momento t1. Si no se puede saber, no es por falta de inteligencia de los sujetos de conocimiento, sino por la indeterminación del sistema. La tesis del gran matemático del s XVII Wilhelm Gottfried Leibniz sería la contraria: un cerebro omnisciente no tendría problemas para conocer el estado del sistema en cualquier momento, es decir, para tn. El problema es nuestro, no de la naturaleza, la cual, huelga decirlo, se maneja muy bien por sí sola.”
“Son puntos de partida diversos pero complementarios. En el fondo, sugieren que a) las matemáticas son el lenguaje en el que está escrito el gran libro del universo y debemos dominarlas si queremos desentrañar sus misterios (Galileo) y b) la rama de las matemáticas que sirve para representar los fenómenos de la mecánica cuántica es la estadística (Heisenberg).”
“Armada con estos ligeros bagajes─ dijo─ me propuse desarrollar un algoritmo que abriera la puerta del espacio-tiempo para permitir la teletransportación. O lo que es lo mismo, fundir la mecánica cuántica y la teoría de la relatividad en un solo cuerpo teórico en virtud de la estadística. Tuve que partir de cero, puesto que ninguno de los grandes desarrolladores de la ciencia estadística la pensó nunca más que como una herramienta mecánica para resolver problemas, analizar tendencias, cuantificar variables cualitativas, etc. Yo, como Descartes en su momento, siempre había pensado que las matemáticas tenían que servir para un fin superior del conocimiento, no para un uso meramente mecánico. Sin embargo, mi pretensión era mucho más osada que la de Descartes. El sólo buscaba el método seguro para el desarrollo de la ciencia; yo buscaba la transformación de la realidad desde las matemáticas. Igual como esperamos, cuando introducimos cifras y operaciones en una computadora, que nos calcule el resultado, yo quería que la ejecución de una serie de comandos de programa resultara en un cambio en la realidad material. Y eso fue lo que logré en la madrugada del 2 de febrero de 2008.”
“Como comprenderán, los detalles técnicos no los haré públicos hasta que la UMA los haya patentado, puesto que el alcance de este descubrimiento podría por sí solo sacar a nuestro país de esta incipiente aunque amenazadora crisis. No es descabellado pensar que las consecuencias que mi descubrimiento puede tener para el progreso de la humanidad sean las mayores nunca halladas para sacar a toda nuestra especie de la indigencia. Es pronto para alborozarse, pero les puedo anticipar que la revolución de internet, con todo lo que está suponiendo, será un hito menor al lado de la teletransportación estadística.”
Después de aquellas explosivas declaraciones, se abrió un período de gran nerviosismo y expectación. Éramos conscientes que los servicios de inteligencia de las potencias intentarían obtener las líneas de código, por lo que el Centro de Cálculo montó un operativo de encriptación de datos y vigilancia electrónica de altísimo nivel. Un aparatoso incidente en un hotel de Ronda sugiere que hubiera podido haber un intento de secuestro de la Dra. Khí-cuadrado en el que habrían participado espías de Corea del Norte y de Irán sufragados con el petróleo de Chávez. Afortunadamente, la Policía Nacional y la Guardia Civil desbarataron la acción poniendo en fuga a los agentes secretos. El ministerio redobló la vigilancia e incluso la CIA puso a colaborar a un equipo de contraespionaje en la protección de la Dra. Khí-cuadrado. Evidentemente, sus simpatías por Obama ─que ya eran de órdago desde que hizo aparición en la escena internacional─ no hicieron sino crecer.
En unos meses, todo estuvo preparado para obtener la patente del invento. A la oficina de patentes de la Unión Europea (UE) no le importó en absoluto que la solicitud estuviera escrita en español, aunque no fuera una de las tres lenguas en que, según marcaba la normativa, debía presentarse el formulario. ¡Como si queríamos presentarla escrita en volapuk! Como es sabido, hoy en día diversos laboratorios han conseguido teletransportar objetos de no más de 100 g de masa a distancias todavía no superiores a los 100 m mediante la Tecnología Estadística de Teletransportación (TET) de la Dra. Khí-cuadrado. Aunque los avances son prometedores, las pruebas a gran escala no han tenido éxito todavía. No se sabe cómo lo consigue la Dra. Khí-cuadrado, pero es un hecho cierto que se mueve de un punto a otro del planeta ipso facto sin necesidad de transporte ordinario. Se especula con que algo en su estructura anatómica o incluso mental podría hacerla especialmente susceptible a la teletransportación. Pero eso son sólo suposiciones sin mucho fundamento científico. Alguien ha apuntado que el secreto podría estar en el agua, en la estructura molecular del agua. ¡Quién sabe!
Lo único que podemos afirmar es lo patentado por la Dra. Khí-cuadrado: existe la posibilidad de generar un campo electromagnético con un ordenador al uso que sea capaz de teletransportar un objeto por desintegración y reintegración estadística. La materia no viaja, igual como ya ocurría en el modelo de teletransportación estándar. Ahora bien, allá donde se reproducían estados cuánticos, es decir, donde había transporte de información sobre estados físicos de la materia, aquí sólo hay transporte de información sobre modelos estadísticos, es decir, matemáticos. Lo que se reconstruye en destino es solo el producto resultante de un modelo basado en un conjunto de algoritmos matemáticos que se ajusta a lo desintegrado con un porcentaje de error determinado y despreciable. No hay ni puede haber garantía de igualdad absoluta entre lo analizado y lo sintetizado, puesto que la teoría descarta la existencia de una posibilidad tal. Sin embargo, nadie ha podido distinguir entre la Dra. Khí-cuadrado antes y después de sus tránsitos de ida y vuelta entre materia e idea matemática. Ni siquiera sus allegados. De hecho, no hace mucho metió su iPad en el congelador mientras el caldo del cocido que había preparado para las Navidades se echaba a perder en su mesita de noche. Y cualquier día tendrá que regresar de nuevo desde París porque no se habrá acordado de bajarse en la parada que sea su destino por hallarse abducida por el trabajo en su PC. La Dra. Khí-cuadrado es así, con o sin deconstrucción estadística.
Bien, yo por mi parte acabé mi estancia en el departamento de Estadística ─de la cual guardo un imborrable recuerdo─ defendí con éxito mi tesis y hoy contribuyo a desarrollar mi especialidad con gran aceptación por parte del gremio. Por lo que se refiere a mi experiencia con la Dra. Khí-cuadrado, debo decir que hay algo inquietante en ella. No soy supersticioso ni creo en las explicaciones mágicas. Sin embargo, a mi juicio, no todo lo que hay ahí son matemáticas. Yo juraría que algún tipo de sutil hechizo explicaría el éxito de los experimentos en el cuerpo de la Dra. Khí-cuadrado y lo estaría vetando al común de los mortales. La ciencia nunca ha sido sólo ciencia. Si no lo creen, fíjense en dónde buscaba Sir Isaac Newton la respuesta a los misterios de la naturaleza que su genial física no podía penetrar: sí, en la magia, lo han adivinado.

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