Nunca se
sabe lo que puede ocurrir si se viaja con Los
piratas del aire. Lo de menos casi es llegar a la hora prevista para no
perder los enlaces aéreos o, incluso, arribar más o menos entero a destino.
He cogido esos vuelos en infinidad de ocasiones y cada una de las veces ha
ocurrido algo que me ha hecho exclamar un reiterativo e inane “¡Nunca más!”.
Recuerdo un vuelo en que, por razones “estrictamente técnicas” ─según
la compañía─ nos depositaron en un aeródromo situado a 100 km de nuestro destino con el
pretexto de que se habían atascado los fingers
y no podían garantizar el desalojo de los aviones. No sé qué diantres quería
decir que se habían “atascado los fingers”,
pero eso era lo que nos comunicaron a través de la megafonía del aparato. Quizá
los pasajeros salientes o entrantes ─quién puede saberlo─ de otros vuelos se
habían apelotonado en su interior de manera que constituían una barrera
infranqueable para los nuevos usuarios; o, a lo mejor, los trabajadores de tierra
de las aerolíneas se habían amotinado en protesta por cualquier abuso ─ya
fuera real o supuesto─ de sus empresas corsarias. No lo sé; sólo sé que
ésa fue la razón esgrimida por la meliflua voz que salía de los altavoces para
dejarnos en Reims, lejos lejitos de París.
El leve
desvío suponía por de pronto perder el enlace a Boston, puesto que era del todo
imposible llegar al Charles de Gaulle a tiempo de embarcar. Así es que la
disyuntiva era clara: o pernoctaba en la ciudad que vio nacer a Jean-Baptiste
de La Salle o salía pitando para Lutecia y aprovechaba la ocasión para pasear durante
unas horas por las riberas del Sena. A pesar del enorme atractivo de la
Champaña, elegí París. Habría otra ocasión para volver y pasar un fin de semana
largo en las Ardenas, con todo lo que hay allí por ver, recorrer y deglutir.
Esta región es uno de los corazones de Europa, testigo privilegiado de lo mejor
y lo peor de nuestra civilización. Me disponía a tomar un taxi hacia la
estación del ferrocarril cuando se me acercó un reducido grupo de viajeros que
había llegado a Reims en mi mismo vuelo. Sus caras me eran familiares a causa
del tortuoso viacrucis que hay que soportar en los aeropuertos. Al final,
después de someterse a los arcos magnéticos, los escáneres, el destape, los
esporádicos achuchones y cacheos, todo ello aliñado con los frecuentes malos
modos del personal destinado a los controles de acceso, los pasajeros acaban
sintiéndose galeotes compañeros de condena. Formamos una especie de hermandad o
cofradía de transeúntes unidos por la necesidad de desplazarnos de un punto a
otro del mapa. En tiempos, viajar en avión era una aventura a la que se
sometían gustosas unas minorías ávidas de emociones y novedades; hoy en día, es
una desventura a la que se resignan las masas desesperadas por desplazarse a
cualquier precio ─es decir, a un precio cualquiera.
Desde
luego, muchos no podríamos viajar si no fuera por los low cost; sin embargo, los vuelos baratos, por su misma naturaleza,
no garantizan que el espíritu se reúna con el cuerpo al llegar a destino. Más
bien es un milagro que en algunas ocasiones lo consigan. De todos modos, la
particular camaradería que generan las situaciones límite entre los
damnificados sí la consiguen con una envidiable eficacia. Imagino que ésa era
la razón por la que el grupo de personas ya me parecía familiar y hasta
entrañable. Una de ellas, un sesentón elegante y sobrio que parecía su líder
natural, se dirigió a mí (la confianza con la que lo hizo, en absoluto exenta
de respeto, abonaba mis consideraciones sobre la camaradería que nos unía a
pesar de no habernos dirigido todavía la palabra). Me preguntó en inglés, muy
educadamente, si viajaba sola y me ofreció la posibilidad de unirme a ellos. A
primera vista, se trataba de un grupo variopinto de viajeros que tal vez se
conocían de antes. Después supe que, en realidad, nadie conocía a nadie antes
de emprender el viaje. Sencillamente, hicieron buenas migas al embarcar y las
complicaciones en el vuelo los unieron un poco más. El caso es que decidí
sumarme a ellos sin demasiadas consideraciones. Y, tal como me suele ocurrir
cuando opero así, fue una buena decisión.
Como
éramos siete, nos acomodamos en dos taxis que nos llevaron a la estación. Al
cabo de una amena hora de tren, entrábamos en París por la puerta de
Austerlitz. Nos habíamos pasado el trayecto hablando y riendo,
confraternizando, contándonos en breves pero certeras pinceladas nuestras
vidas. Parece mentira cómo, en ciertas circunstancias, somos capaces de
abrirnos a desconocidos como si de nuestros más íntimos se tratara. ¡No! ¡Qué
va! Como jamás nos abriríamos si de nuestros íntimos se tratara. Quizá el hecho
de saber con certeza que no volveremos a cruzarnos con ellos y la seguridad de
que no interaccionarán nunca con nuestro entorno nos permite liberarnos
absolutamente y mostrarnos tal cual somos. Me sinceré mucho más en ese corto
viaje en tren que en cualquier otra situación de mi vida. ¡Y lo que me quedaba
todavía por descubrir en París!
Al bajar
del tren, determinamos exponer nuestras preferencias en París para que nadie
tuviera que ir adónde no quisiera. Es imposible visitar una gran ciudad en
cinco horas; por tanto, hay que discriminar. Que siete personas se pongan de
acuerdo en una ruta turística tan apresurada resulta punto menos que imposible.
En lo único que estábamos de acuerdo todos era en subir a la Tour Eiffel, así
es que ese hito sería el que habría de ordenar el periplo de todos los grupos
que surgieran. Como ocurre en esos pasatiempos que consisten en hallar la ruta
que nos ha de llevar a la meta a través de un laberinto entrecortado por
diversas opciones, empezamos a resolverlo por el final. Había tres personas que
querían asomarse al Louvre. (Bueno, en realidad todos queríamos estar en el
gran museo parisino, pero algunos preferíamos verlo sin prisas en otra ocasión;
yo, por mi parte, ya lo había recorrido si no entero por lo menos en buena medida
un par de veces.) Los que más interés tenían eran un sueco, una alemana y una
eslovena simpatiquísima. No es que los otros fueran antipáticos, ni mucho
menos, pero la gracia de Sonja, la eslovena, hacía palidecer la de cualquiera
que estuviera a su lado. Hans, el sueco, parecía un poco estirado; sin embargo,
al tratarlo, no lo era en absoluto. Sólo su extrema corrección lo hacía
parecer. Y Gudrun era teutona de pura cepa, algo así como Angela Merkel aunque
con un punto más de calidez. Esos tres irían juntos, puesto que el Louvre se
les comería todo el tiempo disponible hasta la hora en que habíamos quedado a
los pies de la torre de hierro. El otro grupo se formó al coincidir Atila, un húngaro,
y un italiano llamado Cosme en querer visitar la tumba de Napoleón en Les Invalides además del Centre Georges Pompidou. No había muchas
más opciones.
Como sea
que mi educado introductor y yo no queríamos ver nada en especial, sino más
bien callejear sin rumbo por la ciudad de las luces, nos constituimos en el
tercer grupo. Se llamaba David y era bostoniano. Después de haber compartido
viaje en taxi y tren, y de haber hablado más de dos horas, habíamos
intimado. Si mi primera impresión había sido buena, a medida que nos
íbamos tratando mi idea sobre él mejoraba en todos los aspectos. Era cordial,
educado, culto, paciente, hablaba lo justo, sin pecar de parquedad ni de
locuacidad; también era un punto seductor, quizá, pero eso no afeaba en
absoluto su atractivo. Era esa coquetería que no pretende más que captar la
atención discretamente y gustar, mucho más frecuente en cierto tipo de mujeres
que en hombres, aunque también entre estos se puede dar. Decidimos coger un
taxi hasta Notre Dame y empezar allí
el periplo. David conocía bien París, no en vano era un viajero empedernido. En
seguida comenzó a aludir a su esposa, pero como quien no quiere la cosa.
Parecía que quisiera que yo supiera que estaba felizmente casado sin hablar
directamente de su mujer. Creo que no pretendía nada más que tranquilizarme
sobre el hecho de que fuéramos la única pareja heterosexual que se había
formado al agruparnos, aunque no tardó en darse cuenta que eso no era un
problema para mí. Siempre he sabido desenvolverme es ese tipo de situaciones y
jamás se ha tomado nadie libertades conmigo que yo no quisiera que se tomase.
Digamos que emito mensajes claros al respecto sin necesidad de esfuerzo.
También habré tenido suerte de moverme entre gente inteligente y sensible,
supongo. En cualquier caso, si me sintiera incómoda en algún momento, daría la
excursión por terminada sin ningún reparo; y no era el caso. David lo entendió
perfectamente y hasta me pareció que daba un suspiro de alivio.
Me
apasiona la arquitectura. Yo creo que es mi vocación frustrada. Me dediqué a
las matemáticas por placer pero también por inercia después de acabar
magisterio. Es evidente que hay relación entre la matemática y la arquitectura,
pero ésta tiene el plus de la construcción, de la posibilidad de ver levantada
ante ti ─materialmente ante tus ojos, por decirlo así─ la armonía de los
números y las formas. Cuando viajo, cuando estoy en cualquier parte del mundo,
me gusta recorrer las calles mirando a lo alto, en busca de edificios
singulares, bellas fachadas o soluciones osadas a problemas de urbanismo. Por
fortuna, a David también le gustaba la arquitectura y tenía además una excelente
formación en Estética. Había sido durante muchos años profesor de Dibujo en un
instituto de secundaria y le apasionaba su trabajo. Ahora estaban ya jubilados,
me dijo. Es decir, él y su mujer. Me dijo que ella se retiró como alta
ejecutiva de una multinacional de material deportivo. Por eso viajaron tanto.
Pero en esta ocasión, ella no lo acompañó a Europa porque se había quedado
ayudando a su nuera con los nietos. Su hijo había tenido que desplazarse a
California durante quince diez por razones laborales y los críos daban mucha
guerra. Así es que David aprovechó la ocasión para viajar en solitario, cosa no
tan infrecuente en alguien de su condición. Entre edificio y palacio, nos
íbamos contando nuestras cosas. Yo le dije que también tenía un hijo ejecutivo
(como su mujer) y otro buscándose la vida en LA; dos cosas en común, por lo
menos. Y aun otra hija viviendo y trabajando en Madrid.
─¡Oh, Madrid! Me encantan el Museo del Prado y la
Plaza Mayor. Y los bocadillos de calamares, jajaja. Aunque no podría vivir tan
lejos del mar, decididamente no.
─Pues ya tenemos otra cosa en común: el amor al mar
─le repliqué.
Al
dirigirnos a la Madeleine desde el Sena, vimos desde lejos a Cosme abrazado a
alguien sobre el precioso puente de Saint Michael. Vaya sorpresa nos llevamos. Cosme
estaba cariñosamente acaramelado con Atila, ajenos los dos por completo a su
entorno. Nada en su actitud me hubiera hecho pensar que eran homosexuales.
Ninguno de los dos. Estaban totalmente exentos de pluma; como algún buen amigo mío,
por cierto. Así es que tampoco me extrañó demasiado. Lo que son los prejuicios,
nos dijimos. Todo el mundo daba por hecho que la pareja en ciernes éramos David
y yo. Incluso habíamos sido diana de algún divertido dardo.
─Vaya con el maduro David. ¡Se lleva nada menos que
al pibón de Azucena! ─había dicho Sonja riéndose a mandíbula batiente.
Quizá por
eso se había sentido levemente incómodo David hasta que se dio cuenta de que a
mí no me había afectado el comentario. Ahora entiendo sus esfuerzos por
desmentir veladamente esa insinuación.
En fin,
que los que habían aprovechado para intimar habían sido el Huno y el Otro. Nos
pareció fantástico. Y David y yo descubrimos otra cosa que tenemos en común: somos
igualmente tolerantes con lo que se desvía de la norma, siempre y cuando sea un
acto libre, voluntario y consentido por las partes.
Me sentía
realmente a gusto con David. Sentados en la escalinata frontal de esa
maravillosa iglesia neoclásica inspirada en el templo romano de Nimes, bajo las
ocho magníficas columnas corintias, me contó David que su esposa llevaba su
mismo nombre: Madeleine. Por eso le gustaba acercarse a ella cada vez que
visitaba París. Su mujer era diez años mayor que él (calculé que debía estar
por lo menos en los setenta y cinco) y eso, lejos de suponer un problema había sido
una bendición. Desde que se conocieron, más de treinta años atrás y después de
sendos matrimonios fallidos, nunca se habían vuelto a separar ni concebían la
vida el uno sin el otro. Se entendían a la perfección, por más que discutieran
con frecuencia y vehementemente hasta por los asuntos más nimios. Se querían
con serenidad no exenta de pasión. Nunca había considerado a Madeleine una
madre, que es lo que se dice que buscan algunos hombres en las mujeres de más
edad que ellos. Quizá sea ése el auténtico secreto de las relaciones
equilibradas, el ajuste biológico entre las más longevas mujeres y los
previamente caducos hombres. La otra opción, la clásica, el hombre en busca de ninfas
─o nínfulas, como instituyó Vladimir Nabokov en la celebérrima Lolita─ tuvo en tiempos una
justificación económica y de posición social, así como el sempiterno incentivo
sexual de la juventud. Pero es una relación desequilibrante por naturaleza: las
infidelidades femeninas con hombres más jóvenes en busca de pasión sexual son
inevitables y los largos años de viudedad, también. Me pareció estar oyéndome a
mí misma. Era increíble la sintonía que había entre nosotros. Cuando acabo de
hablar, le conté lo mío. Yo estaba en un caso parecido, es decir, tenía una
pareja más joven que yo; si bien, a diferencia de ellos, nunca nos habíamos
casado. Nuestra relación no funcionaba precisamente por los temores que tenía
él a causa de mi edad. Le llevaba nueve años (aunque ahora, la verdad sea
dicha, le llevo bastante menos).
─¿Nine? Entonces, ¿cuántos tiene el chico?
¿Veinte?
─Jajaja. ¡Claro que no! Pero me lo tomaré como un
cumplido…
─Ese chico no te merece. Eso está claro. Debería
beberse los vientos por ti y no dejarte escapar. Si no se quiere casar contigo,
mejor para ti.
─Nunca me casaría con él, aunque me lo pidiera. Más
bien estoy pensando en dejar la relación de una manera ordenada.
─Haz lo que debas, Azucena ─me dijo. ─Quizá
necesites estar sola un tiempo.
Como se
hacía tarde ya, cogimos un taxi que nos llevara a Trocadero. Desde allí, nos
quedaría un corto y agradable paseo hasta la Tour Eiffel. Durante el trayecto, estuve ensimismada mirando por la
ventanilla del coche. Al tiempo que observaba el bullicio de las calles de la
capital de Francia y uno de los indiscutibles centros del romanticismo
universal, iba reflexionando para mí sobre los caprichos del destino. “Pocas
veces en mi vida me he abierto como hoy. Es curioso. Dudo que vuelva a ver a
David jamás y, sin embargo, ¡lo siento tan cercano a mí!” Creo que a él le fue
de perilla mi silencio, porque antes de llegar a nuestro destino me di cuenta
de que estaba en una actitud idéntica a la mía. Fue como una breve tregua para
recargar nuestras baterías y emprender el último tramo de la tarde con la
energía suficiente.
Fuimos los
primeros en llegar. No me sorprendió, la verdad. Éramos los que llevábamos la
agenda menos constreñida. El hecho de habernos planteado la tarde como un
ejercicio urbano de libertad de movimientos nos permitió improvisar el itinerario.
Llegar con tiempo a las citas siempre me ha gustado, sobre todo si el punto de
encuentro es un sitio emblemático o incluso mítico, como este enorme amasijo de
acero en tareas perpetuas de repintado. El ingeniero y arquitecto Gustave
Eiffel no podía imaginar que lo que proyectó como un aderezo efímero para la
Exposición Universal de París en 1889 hubiera de sobrevivirle y convertirse
nada menos que en símbolo por antonomasia de la Francia eterna. Por encima
incluso del Tour, Napoleón, la
Revolución francesa, la Provenza, los incontables quesos y los vinos de
Burdeos. En el alma popular planetaria, nada se asocia a Francia con la
inmediatez y la fuerza de la torre Eiffel. Y, una vez más, entendí el porqué.
Es imponente en su majestuosidad. Tan pesada y tan ligera al mismo tiempo;
enorme y sin embargo esbelta. Un prodigio de la ingeniería en su arquitectura.
En ese instante, contemplándola desde la plaza del Trocadero, me volví a
enamorar de ella. La idea de quedar aquí fue mía. Porque me gusta la
perspectiva de la torre desde la otra orilla del Sena y porque me acerca
simbólicamente a mi casa. Tengo un aprecio especial a esta plaza desde que
descubrí que la islita que le da nombre está situada en la bahía de Cádiz. El
motivo de que lleve ése y no otro nombre ya me gusta menos, puesto que la
batalla acaecida allí en 1823 supuso el fin del Trienio Liberal y el regreso
del infausto Fernando VII. Así se lo conté a David, que me agradeció
entusiasmado la información.
─¡Así que eres andaluza! Por los tópicos que hay
sobre vosotros, los andaluces, no lo hubiera dicho; aunque, bien pensado, tampoco
hubiera sospechado que fueras española ─dijo David.
─Los tópicos son ciertos unas veces y otras no. Pero
sí hay algunas características en los andaluces que se pueden rastrear
fácilmente. Incluso rasgos específicos de los sevillanos, los granadinos, los
gaditanos o los malagueños. Por lo menos, eso dicen los antropólogos ─le
respondí sin pretender justificarme.
─Mira, allí llegan los amantes de Saint Michael.
─Sí, y también el trío de ases. Ya estamos todos.
─¡Hola turistas!, ¿Qué tal ha ido la tarde? ─dijo
David, ejerciendo casi sin quererlo de líder del grupo.
─¡Estupendo! ─exclamaron al unísono Atila y Cosme. Me
pareció que asomaba un rubor fugitivo en las mejillas de Cosme mientras sonreía.
─¡Demasiado corta! ─se lamentó Sonja, pese a
lo cual dijo que había valido la pena tener que apresurarse un poco para ver
todo lo que se habían propuesto del Louvre.
─¿Cruzamos el Sena? ─propuso David
─Vamos allá ─contestó Hans en nombre de todos.
Y paseando
por el Pont d’Iéna, sin prisas, nos
fuimos acercando al pie de la torre. La mole crecía a medida que avanzábamos
hacia ella y, mientras caminábamos, nos íbamos contando las cosas que habíamos
hecho durante aquellas cortas horas. Como teníamos todavía un lapso de tiempo
suficiente, decidimos subir hasta la segunda planta de la Tour en ascensor, para poder contemplar desde sus 116 metros de
altura la perspectiva aérea de Lutecia. Valió la pena, como siempre. No importa
el tiempo atmosférico que haga ni la hora del día que sea; sólo importa la
compañía, porque nunca defrauda la contemplación de París desde lo alto de la
torre Eiffel. Sólo una mala compañía podría arruinar la experiencia. O un
lúgubre estado de ánimo, por supuesto, que es como ir acompañado por el peor compañero;
pésimamente acompañado. No era el caso. La compañía era magnífica y el broche a
la tarde en París, de oro. Bendijimos al piloto de Ryanair que no pudo tocar la corneta en esa ocasión.
─Deberíamos ir marchándonos hacia el aeropuerto ─dijo
Gudrun, tan puntual como se le presupone a una germana.
─Tienes razón ─asentí. ─Dentro
de tres horas sale el vuelo.
─Bueno, pero antes una foto de grupo. No tenemos
ninguna aún que atestigüe nuestra tarde en París ─dijo Cosme.
Sonja le
pidió a una señora que estaba tomando fotos alrededor que nos hiciera una a
nosotros con su cámara. Así es como hemos podido conservar para siempre una
prueba de nuestro providencial encuentro. Nunca olvidaré esa tarde y lo mucho
que en tan corto espacio de tiempo aprendí sobre las emociones humanas. Todavía
hoy vienen a mi recuerdo cosas que son inducidas por hechos o diálogos que
tuvieron lugar esa tarde gloriosa.
Aún estuvimos juntos en el aeropuerto Charles
de Gaulle y durante el vuelo a América, pero al llegar a Boston nos
separamos inevitablemente. Cada uno siguió su camino y sólo intercambiamos las
direcciones de correo electrónico para que Sonja pudiera enviarnos la foto de
grupo y no perder del todo el contacto. Aunque no descartábamos volver a vernos
en el futuro, todos sabíamos que sería difícil. Lo de Cosme y Atila, sin
embargo, no podría asegurar que quedara en punto muerto. No lo sé. Por lo que a
mí respecta, nunca más he vuelto a ver a David ni a entablar contacto con él.
Quizá sea mejor así. Pero lo cierto es que llevo esa tarde en París siempre
conmigo.
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