diumenge, 18 de març del 2012

UNA TARDE EN PARÍS


Nunca se sabe lo que puede ocurrir si se viaja con Los piratas del aire. Lo de menos casi es llegar a la hora prevista para no perder los enlaces aéreos o, incluso, arribar más o menos entero a destino. He cogido esos vuelos en infinidad de ocasiones y cada una de las veces ha ocurrido algo que me ha hecho exclamar un reiterativo e inane “¡Nunca más!”. Recuerdo un vuelo en que, por razones “estrictamente técnicas” según la compañía nos depositaron en un aeródromo situado a 100 km de nuestro destino con el pretexto de que se habían atascado los fingers y no podían garantizar el desalojo de los aviones. No sé qué diantres quería decir que se habían “atascado los fingers”, pero eso era lo que nos comunicaron a través de la megafonía del aparato. Quizá los pasajeros salientes o entrantes quién puede saberlo de otros vuelos se habían apelotonado en su interior de manera que constituían una barrera infranqueable para los nuevos usuarios; o, a lo mejor, los trabajadores de tierra de las aerolíneas se habían amotinado en protesta por cualquier abuso ya fuera real o supuesto de sus empresas corsarias. No lo sé; sólo sé que ésa fue la razón esgrimida por la meliflua voz que salía de los altavoces para dejarnos en Reims, lejos lejitos de París.
El leve desvío suponía por de pronto perder el enlace a Boston, puesto que era del todo imposible llegar al Charles de Gaulle a tiempo de embarcar. Así es que la disyuntiva era clara: o pernoctaba en la ciudad que vio nacer a Jean-Baptiste de La Salle o salía pitando para Lutecia y aprovechaba la ocasión para pasear durante unas horas por las riberas del Sena. A pesar del enorme atractivo de la Champaña, elegí París. Habría otra ocasión para volver y pasar un fin de semana largo en las Ardenas, con todo lo que hay allí por ver, recorrer y deglutir. Esta región es uno de los corazones de Europa, testigo privilegiado de lo mejor y lo peor de nuestra civilización. Me disponía a tomar un taxi hacia la estación del ferrocarril cuando se me acercó un reducido grupo de viajeros que había llegado a Reims en mi mismo vuelo. Sus caras me eran familiares a causa del tortuoso viacrucis que hay que soportar en los aeropuertos. Al final, después de someterse a los arcos magnéticos, los escáneres, el destape, los esporádicos achuchones y cacheos, todo ello aliñado con los frecuentes malos modos del personal destinado a los controles de acceso, los pasajeros acaban sintiéndose galeotes compañeros de condena. Formamos una especie de hermandad o cofradía de transeúntes unidos por la necesidad de desplazarnos de un punto a otro del mapa. En tiempos, viajar en avión era una aventura a la que se sometían gustosas unas minorías ávidas de emociones y novedades; hoy en día, es una desventura a la que se resignan las masas desesperadas por desplazarse a cualquier precio es decir, a un precio cualquiera.
Desde luego, muchos no podríamos viajar si no fuera por los low cost; sin embargo, los vuelos baratos, por su misma naturaleza, no garantizan que el espíritu se reúna con el cuerpo al llegar a destino. Más bien es un milagro que en algunas ocasiones lo consigan. De todos modos, la particular camaradería que generan las situaciones límite entre los damnificados sí la consiguen con una envidiable eficacia. Imagino que ésa era la razón por la que el grupo de personas ya me parecía familiar y hasta entrañable. Una de ellas, un sesentón elegante y sobrio que parecía su líder natural, se dirigió a mí (la confianza con la que lo hizo, en absoluto exenta de respeto, abonaba mis consideraciones sobre la camaradería que nos unía a pesar de no habernos dirigido todavía la palabra). Me preguntó en inglés, muy educadamente, si viajaba sola y me ofreció la posibilidad de unirme a ellos. A primera vista, se trataba de un grupo variopinto de viajeros que tal vez se conocían de antes. Después supe que, en realidad, nadie conocía a nadie antes de emprender el viaje. Sencillamente, hicieron buenas migas al embarcar y las complicaciones en el vuelo los unieron un poco más. El caso es que decidí sumarme a ellos sin demasiadas consideraciones. Y, tal como me suele ocurrir cuando opero así, fue una buena decisión.
Como éramos siete, nos acomodamos en dos taxis que nos llevaron a la estación. Al cabo de una amena hora de tren, entrábamos en París por la puerta de Austerlitz. Nos habíamos pasado el trayecto hablando y riendo, confraternizando, contándonos en breves pero certeras pinceladas nuestras vidas. Parece mentira cómo, en ciertas circunstancias, somos capaces de abrirnos a desconocidos como si de nuestros más íntimos se tratara. ¡No! ¡Qué va! Como jamás nos abriríamos si de nuestros íntimos se tratara. Quizá el hecho de saber con certeza que no volveremos a cruzarnos con ellos y la seguridad de que no interaccionarán nunca con nuestro entorno nos permite liberarnos absolutamente y mostrarnos tal cual somos. Me sinceré mucho más en ese corto viaje en tren que en cualquier otra situación de mi vida. ¡Y lo que me quedaba todavía por descubrir en París!
Al bajar del tren, determinamos exponer nuestras preferencias en París para que nadie tuviera que ir adónde no quisiera. Es imposible visitar una gran ciudad en cinco horas; por tanto, hay que discriminar. Que siete personas se pongan de acuerdo en una ruta turística tan apresurada resulta punto menos que imposible. En lo único que estábamos de acuerdo todos era en subir a la Tour Eiffel, así es que ese hito sería el que habría de ordenar el periplo de todos los grupos que surgieran. Como ocurre en esos pasatiempos que consisten en hallar la ruta que nos ha de llevar a la meta a través de un laberinto entrecortado por diversas opciones, empezamos a resolverlo por el final. Había tres personas que querían asomarse al Louvre. (Bueno, en realidad todos queríamos estar en el gran museo parisino, pero algunos preferíamos verlo sin prisas en otra ocasión; yo, por mi parte, ya lo había recorrido si no entero por lo menos en buena medida un par de veces.) Los que más interés tenían eran un sueco, una alemana y una eslovena simpatiquísima. No es que los otros fueran antipáticos, ni mucho menos, pero la gracia de Sonja, la eslovena, hacía palidecer la de cualquiera que estuviera a su lado. Hans, el sueco, parecía un poco estirado; sin embargo, al tratarlo, no lo era en absoluto. Sólo su extrema corrección lo hacía parecer. Y Gudrun era teutona de pura cepa, algo así como Angela Merkel aunque con un punto más de calidez. Esos tres irían juntos, puesto que el Louvre se les comería todo el tiempo disponible hasta la hora en que habíamos quedado a los pies de la torre de hierro. El otro grupo se formó al coincidir Atila, un húngaro, y un italiano llamado Cosme en querer visitar la tumba de Napoleón en Les Invalides además del Centre Georges Pompidou. No había muchas más opciones.
Como sea que mi educado introductor y yo no queríamos ver nada en especial, sino más bien callejear sin rumbo por la ciudad de las luces, nos constituimos en el tercer grupo. Se llamaba David y era bostoniano. Después de haber compartido viaje en taxi y tren, y de haber hablado más de dos horas, habíamos intimado. Si mi primera impresión había sido buena, a medida que nos íbamos tratando mi idea sobre él mejoraba en todos los aspectos. Era cordial, educado, culto, paciente, hablaba lo justo, sin pecar de parquedad ni de locuacidad; también era un punto seductor, quizá, pero eso no afeaba en absoluto su atractivo. Era esa coquetería que no pretende más que captar la atención discretamente y gustar, mucho más frecuente en cierto tipo de mujeres que en hombres, aunque también entre estos se puede dar. Decidimos coger un taxi hasta Notre Dame y empezar allí el periplo. David conocía bien París, no en vano era un viajero empedernido. En seguida comenzó a aludir a su esposa, pero como quien no quiere la cosa. Parecía que quisiera que yo supiera que estaba felizmente casado sin hablar directamente de su mujer. Creo que no pretendía nada más que tranquilizarme sobre el hecho de que fuéramos la única pareja heterosexual que se había formado al agruparnos, aunque no tardó en darse cuenta que eso no era un problema para mí. Siempre he sabido desenvolverme es ese tipo de situaciones y jamás se ha tomado nadie libertades conmigo que yo no quisiera que se tomase. Digamos que emito mensajes claros al respecto sin necesidad de esfuerzo. También habré tenido suerte de moverme entre gente inteligente y sensible, supongo. En cualquier caso, si me sintiera incómoda en algún momento, daría la excursión por terminada sin ningún reparo; y no era el caso. David lo entendió perfectamente y hasta me pareció que daba un suspiro de alivio.
Me apasiona la arquitectura. Yo creo que es mi vocación frustrada. Me dediqué a las matemáticas por placer pero también por inercia después de acabar magisterio. Es evidente que hay relación entre la matemática y la arquitectura, pero ésta tiene el plus de la construcción, de la posibilidad de ver levantada ante ti materialmente ante tus ojos, por decirlo así la armonía de los números y las formas. Cuando viajo, cuando estoy en cualquier parte del mundo, me gusta recorrer las calles mirando a lo alto, en busca de edificios singulares, bellas fachadas o soluciones osadas a problemas de urbanismo. Por fortuna, a David también le gustaba la arquitectura y tenía además una excelente formación en Estética. Había sido durante muchos años profesor de Dibujo en un instituto de secundaria y le apasionaba su trabajo. Ahora estaban ya jubilados, me dijo. Es decir, él y su mujer. Me dijo que ella se retiró como alta ejecutiva de una multinacional de material deportivo. Por eso viajaron tanto. Pero en esta ocasión, ella no lo acompañó a Europa porque se había quedado ayudando a su nuera con los nietos. Su hijo había tenido que desplazarse a California durante quince diez por razones laborales y los críos daban mucha guerra. Así es que David aprovechó la ocasión para viajar en solitario, cosa no tan infrecuente en alguien de su condición. Entre edificio y palacio, nos íbamos contando nuestras cosas. Yo le dije que también tenía un hijo ejecutivo (como su mujer) y otro buscándose la vida en LA; dos cosas en común, por lo menos. Y aun otra hija viviendo y trabajando en Madrid.
¡Oh, Madrid! Me encantan el Museo del Prado y la Plaza Mayor. Y los bocadillos de calamares, jajaja. Aunque no podría vivir tan lejos del mar, decididamente no.
Pues ya tenemos otra cosa en común: el amor al mar ─le repliqué.
Al dirigirnos a la Madeleine desde el Sena, vimos desde lejos a Cosme abrazado a alguien sobre el precioso puente de Saint Michael. Vaya sorpresa nos llevamos. Cosme estaba cariñosamente acaramelado con Atila, ajenos los dos por completo a su entorno. Nada en su actitud me hubiera hecho pensar que eran homosexuales. Ninguno de los dos. Estaban totalmente exentos de pluma; como algún buen amigo mío, por cierto. Así es que tampoco me extrañó demasiado. Lo que son los prejuicios, nos dijimos. Todo el mundo daba por hecho que la pareja en ciernes éramos David y yo. Incluso habíamos sido diana de algún divertido dardo.
Vaya con el maduro David. ¡Se lleva nada menos que al pibón de Azucena! había dicho Sonja riéndose a mandíbula batiente.
Quizá por eso se había sentido levemente incómodo David hasta que se dio cuenta de que a mí no me había afectado el comentario. Ahora entiendo sus esfuerzos por desmentir veladamente esa insinuación.
En fin, que los que habían aprovechado para intimar habían sido el Huno y el Otro. Nos pareció fantástico. Y David y yo descubrimos otra cosa que tenemos en común: somos igualmente tolerantes con lo que se desvía de la norma, siempre y cuando sea un acto libre, voluntario y consentido por las partes.
Me sentía realmente a gusto con David. Sentados en la escalinata frontal de esa maravillosa iglesia neoclásica inspirada en el templo romano de Nimes, bajo las ocho magníficas columnas corintias, me contó David que su esposa llevaba su mismo nombre: Madeleine. Por eso le gustaba acercarse a ella cada vez que visitaba París. Su mujer era diez años mayor que él (calculé que debía estar por lo menos en los setenta y cinco) y eso, lejos de suponer un problema había sido una bendición. Desde que se conocieron, más de treinta años atrás y después de sendos matrimonios fallidos, nunca se habían vuelto a separar ni concebían la vida el uno sin el otro. Se entendían a la perfección, por más que discutieran con frecuencia y vehementemente hasta por los asuntos más nimios. Se querían con serenidad no exenta de pasión. Nunca había considerado a Madeleine una madre, que es lo que se dice que buscan algunos hombres en las mujeres de más edad que ellos. Quizá sea ése el auténtico secreto de las relaciones equilibradas, el ajuste biológico entre las más longevas mujeres y los previamente caducos hombres. La otra opción, la clásica, el hombre en busca de ninfas o nínfulas, como instituyó Vladimir Nabokov en la celebérrima Lolitatuvo en tiempos una justificación económica y de posición social, así como el sempiterno incentivo sexual de la juventud. Pero es una relación desequilibrante por naturaleza: las infidelidades femeninas con hombres más jóvenes en busca de pasión sexual son inevitables y los largos años de viudedad, también. Me pareció estar oyéndome a mí misma. Era increíble la sintonía que había entre nosotros. Cuando acabo de hablar, le conté lo mío. Yo estaba en un caso parecido, es decir, tenía una pareja más joven que yo; si bien, a diferencia de ellos, nunca nos habíamos casado. Nuestra relación no funcionaba precisamente por los temores que tenía él a causa de mi edad. Le llevaba nueve años (aunque ahora, la verdad sea dicha, le llevo bastante menos).
─¿Nine? Entonces, ¿cuántos tiene el chico? ¿Veinte?
Jajaja. ¡Claro que no! Pero me lo tomaré como un cumplido…
Ese chico no te merece. Eso está claro. Debería beberse los vientos por ti y no dejarte escapar. Si no se quiere casar contigo, mejor para ti.
Nunca me casaría con él, aunque me lo pidiera. Más bien estoy pensando en dejar la relación de una manera ordenada.
Haz lo que debas, Azucena me dijo. Quizá necesites estar sola un tiempo.
Como se hacía tarde ya, cogimos un taxi que nos llevara a Trocadero. Desde allí, nos quedaría un corto y agradable paseo hasta la Tour Eiffel. Durante el trayecto, estuve ensimismada mirando por la ventanilla del coche. Al tiempo que observaba el bullicio de las calles de la capital de Francia y uno de los indiscutibles centros del romanticismo universal, iba reflexionando para mí sobre los caprichos del destino. “Pocas veces en mi vida me he abierto como hoy. Es curioso. Dudo que vuelva a ver a David jamás y, sin embargo, ¡lo siento tan cercano a mí!” Creo que a él le fue de perilla mi silencio, porque antes de llegar a nuestro destino me di cuenta de que estaba en una actitud idéntica a la mía. Fue como una breve tregua para recargar nuestras baterías y emprender el último tramo de la tarde con la energía suficiente.
Fuimos los primeros en llegar. No me sorprendió, la verdad. Éramos los que llevábamos la agenda menos constreñida. El hecho de habernos planteado la tarde como un ejercicio urbano de libertad de movimientos nos permitió improvisar el itinerario. Llegar con tiempo a las citas siempre me ha gustado, sobre todo si el punto de encuentro es un sitio emblemático o incluso mítico, como este enorme amasijo de acero en tareas perpetuas de repintado. El ingeniero y arquitecto Gustave Eiffel no podía imaginar que lo que proyectó como un aderezo efímero para la Exposición Universal de París en 1889 hubiera de sobrevivirle y convertirse nada menos que en símbolo por antonomasia de la Francia eterna. Por encima incluso del Tour, Napoleón, la Revolución francesa, la Provenza, los incontables quesos y los vinos de Burdeos. En el alma popular planetaria, nada se asocia a Francia con la inmediatez y la fuerza de la torre Eiffel. Y, una vez más, entendí el porqué. Es imponente en su majestuosidad. Tan pesada y tan ligera al mismo tiempo; enorme y sin embargo esbelta. Un prodigio de la ingeniería en su arquitectura. En ese instante, contemplándola desde la plaza del Trocadero, me volví a enamorar de ella. La idea de quedar aquí fue mía. Porque me gusta la perspectiva de la torre desde la otra orilla del Sena y porque me acerca simbólicamente a mi casa. Tengo un aprecio especial a esta plaza desde que descubrí que la islita que le da nombre está situada en la bahía de Cádiz. El motivo de que lleve ése y no otro nombre ya me gusta menos, puesto que la batalla acaecida allí en 1823 supuso el fin del Trienio Liberal y el regreso del infausto Fernando VII. Así se lo conté a David, que me agradeció entusiasmado la información.
─¡Así que eres andaluza! Por los tópicos que hay sobre vosotros, los andaluces, no lo hubiera dicho; aunque, bien pensado, tampoco hubiera sospechado que fueras española dijo David.
Los tópicos son ciertos unas veces y otras no. Pero sí hay algunas características en los andaluces que se pueden rastrear fácilmente. Incluso rasgos específicos de los sevillanos, los granadinos, los gaditanos o los malagueños. Por lo menos, eso dicen los antropólogos le respondí sin pretender justificarme.
Mira, allí llegan los amantes de Saint Michael.
Sí, y también el trío de ases. Ya estamos todos.
─¡Hola turistas!, ¿Qué tal ha ido la tarde? dijo David, ejerciendo casi sin quererlo de líder del grupo.
─¡Estupendo! exclamaron al unísono Atila y Cosme. Me pareció que asomaba un rubor fugitivo en las mejillas de Cosme mientras sonreía.
─¡Demasiado corta! se lamentó Sonja, pese a lo cual dijo que había valido la pena tener que apresurarse un poco para ver todo lo que se habían propuesto del Louvre.
¿Cruzamos el Sena? propuso David
Vamos allá contestó Hans en nombre de todos.
Y paseando por el Pont d’Iéna, sin prisas, nos fuimos acercando al pie de la torre. La mole crecía a medida que avanzábamos hacia ella y, mientras caminábamos, nos íbamos contando las cosas que habíamos hecho durante aquellas cortas horas. Como teníamos todavía un lapso de tiempo suficiente, decidimos subir hasta la segunda planta de la Tour en ascensor, para poder contemplar desde sus 116 metros de altura la perspectiva aérea de Lutecia. Valió la pena, como siempre. No importa el tiempo atmosférico que haga ni la hora del día que sea; sólo importa la compañía, porque nunca defrauda la contemplación de París desde lo alto de la torre Eiffel. Sólo una mala compañía podría arruinar la experiencia. O un lúgubre estado de ánimo, por supuesto, que es como ir acompañado por el peor compañero; pésimamente acompañado. No era el caso. La compañía era magnífica y el broche a la tarde en París, de oro. Bendijimos al piloto de Ryanair que no pudo tocar la corneta en esa ocasión.
Deberíamos ir marchándonos hacia el aeropuerto dijo Gudrun, tan puntual como se le presupone a una germana.
Tienes razón asentí. Dentro de tres horas sale el vuelo.
Bueno, pero antes una foto de grupo. No tenemos ninguna aún que atestigüe nuestra tarde en París dijo Cosme.
Sonja le pidió a una señora que estaba tomando fotos alrededor que nos hiciera una a nosotros con su cámara. Así es como hemos podido conservar para siempre una prueba de nuestro providencial encuentro. Nunca olvidaré esa tarde y lo mucho que en tan corto espacio de tiempo aprendí sobre las emociones humanas. Todavía hoy vienen a mi recuerdo cosas que son inducidas por hechos o diálogos que tuvieron lugar esa tarde gloriosa.
Aún estuvimos juntos en el aeropuerto Charles de Gaulle y durante el vuelo a América, pero al llegar a Boston nos separamos inevitablemente. Cada uno siguió su camino y sólo intercambiamos las direcciones de correo electrónico para que Sonja pudiera enviarnos la foto de grupo y no perder del todo el contacto. Aunque no descartábamos volver a vernos en el futuro, todos sabíamos que sería difícil. Lo de Cosme y Atila, sin embargo, no podría asegurar que quedara en punto muerto. No lo sé. Por lo que a mí respecta, nunca más he vuelto a ver a David ni a entablar contacto con él. Quizá sea mejor así. Pero lo cierto es que llevo esa tarde en París siempre conmigo.

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